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La hermosa paralítica

Una mujer siempre es mujer

 

   Iba con el coche en una mañana mariposeando por la carretera, buscando un sitio en el que sestear después de comerme un bocadillo. Estaba contento y no tenía prisa. La vida era hermosa.

   Ya un poco perdidillo, me encuentro en el arcén a una muchacha en una silla de ruedas haciendo autostop. Y yo, que tengo un corazón bondadoso y un coche grandote, ni corto ni perezoso, la subí.

   Lo cierto era que era muy guapa y olía muy bien, y eso siempre predispone el ánimo a ser cordial.

   Ella debió pensar lo mismo, porque a los pocos minutos me sonreía cándidamente y me apretaba con su mano el brazo o la pierna según le sugiriese la conversación, que debía ser muy acalorada porque tenía las mejillas encendidas y se había desabrochado un par de botones de la camisa.

   Como la carretera era de montaña y no quiso ponerse el cinturón, se apoyaba en mi muslo en cada curva (y eso que no eran demasiado cerradas) y el escote iba mostrando más de lo que ocultaba. Yo no quería creerme que se me estaba insinuando, pero una curva más cerrada de la cuenta hizo que se agarrase inequívocamente, y yo, que no desprecio los regalos que la vida te hace, ni corto ni perezoso, igual que la subí, la bajé.

   Ella, ya en un descampado, me indicó desnudándose sin más preámbulos, que para mayor comodidad, le atase el brazo derecho y la pierna derecha a un árbol y que hiciera lo propio con los miembros (¿miembras?) izquierdos, de forma que como humana X, la columpiase en un acelerado vaivén, pero que para impulsarla no utilizase ni manos ni pies. Y yo, que soy muy obediente, ni corto ni perezoso, me las ingenié para darle mis buenos empujones.

   Muy satisfechos por el ejercicio erótico-bucólico me dispuse a llevarla a su casa, suponiendo ya que lo del autostop en la carretera tenía que ver poco con los viajes, por lo menos con la acepción más habitual de la palabra.

   No estaba lejos de allí. Nos recibió, para mi consternación y remordimiento, su padre, que no dejaba de agradecerme lo que había hecho por su hija, que eso de traerla a su casa sólo lo hacían las personas de buen corazón. Y yo, que nada, nada, que no era nada, cada vez más azorado. Y él insistía, que muchas gracias, de verdad, que no sabía cuánto le alegraba encontrarse personas íntegras como yo.

   Como ya no podía más con mi conciencia le solté que me había beneficiado a su hija de una manera vergonzosa.

   Y él me contestó, sin perder ni un ápice de su agradecida sonrisa, que ya lo suponía pero que yo por lo menos le había traído a su hija a casa, y que le había ahorrado, como casi todos los domingos, tener que recogerla y desatarla del árbol del descampado.

Y ahora, la moraleja.

   Muchas veces los remordimientos por no hacer las cosas como debo me han atenazado haciéndome sentir poco valioso y francamente prescindible para la humanidad, pero un amigo, mis hijos, mi esposa, que siempre saben ver el lado bueno de uno (¡que Dios les conserve la vista!), me sacan de la tristeza y me hacen sentir bien.

 

    El que tenga oídos que oiga y el que no, no sabe nada.

 

 

 

 

 

 

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8 comentarios el “La hermosa paralítica

  1. Fuiste cariñoso con la paralítica, la recogiste, le diste la satisfacción sexual que te pedía tal como te la pedía y, sin embargo, tenías remordimientos. Muchos te dirían que esos remordimientos son un lastre, pero si no los hubieras tenido, serías de esos que la dejaron tirada en el arcén y entonces no podrías habernos contado esta hermosa historia.

  2. ¡Buen relato! Nos hace ver que también los discapacitados de cualquier tipo tenemos necesidades sexuales y algunos tienen graves dificultades para satisfacerlas. Me recuerda a un viejo amigo, Cristobal, cuadrapéjico y gran pintor con la boca, que se casó con una amiga de mi mujer, Mari, aunque después el matrimonio fracasó.
    De todos modos espero, ya que lo cuentas en 1ª persona, que solo sea eso, un relato de ficción.

  3. Sí, sí que es ficción.
    Si fuese real los remordimientos me hubieran impedido escribirlo 😉

  4. Bueno, en primer lugar quiero presentarme y mandar un cariñoso saludo al creador de esta bitácora. Como en esta no hay que registrarse… no sabe quién soy, eso me hace más misterioso… jeje, pero supongo que no tardará en adivinar mi identidad.

    Bueno, la verdad que para empezar, está muy bien el relato (de ficción). En clase estamos hartos de decirle que, a diferencia que lo que usted piensa, el mundo no es un “valle de lágrimas”.
    En su momento una persona me dijo una frase que se me quedó grabada: En la vida hay dos tipos de personas, la que se encuentra un caramelo y piensa “¡qué suerte! encontré un caramelo” y la que se lo encuentra y piensa “vaya, qué mala suerte, no es del sabor que me gusta”. ¿Cuál será más feliz? Ahí queda, pero si no somos optimistas, si no creemos que podemos ser felices, difícilmente llegaremos a serlo.

    Un saludo.

  5. Ese saludo al final te delata, Gongorita

  6. Qué ironía… en estos tiempos la educación delata a uno…

  7. ¿Sabes qué pienso, Reyvindiko? Que si uno no actúa como cree que es bueno, acabará dando por buena cualquier actuación.

  8. reyvindiko leiste mis 2 chistes que te puse en el primer apartado? espero que si y que te gustasen aunque eran malillos pero bueno.
    Un saludo

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