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Mens sana in corpore sano

Niño orejón

Pues no, tan hechito polvo estoy que poco tengo que escribir. Liado estoy de obras, preparando un cobertizo para mi renovado taller de carpintería. Ya iré colgando fotos.

Y como no, el chiste de hoy:

Pues nada, liados como estábamos en la obra, el albañil supervisaba las maniobras de la grúa bajando el material de un camión. Y a esto, que por mano del diablo, uno de los palets se vuelca y uno de los ladrillos le cortó limpiamente la oreja al albañil. 

Todos nos pusimos  a buscarla para que se la cosieran en el hospital.

La encontré yo. La recogí -no sin cierto reparo- y como un torero la levanté y dije: “¡Aquí está!”.

El albañil la miró y siguió buscando diciendo: “Esa no es, la mía tenía un lápiz”.

¡Ay, qué bonita es la obra!

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Solera, el amigo de mi padre

  Pueh Migué, lotrodía iba yo guiando a unoh zeñoritoh de Mágala que tenían ganah de pegá unoh tirilloh pavé zi cazaban argo. Venían to emperifollao, vehtíoh de cazaoreh con unah ehcopetah que daba guhto verlah. Y dehpué de ehtá tordía pegando zaleazo por loh monteh, apareció una perdí por detrá nuehtra y el primer zeñorito, con una de dos cañone paralelo nuevecita y reluciente hizo: pom, pom y ná, la perdí ni ze enteró, ziguió palante. El otro zeñorito, Migué,  con una repetiora Benelli de tre tiro: pom, pom, pom y ná, la perdí como zi le ehtuviezen tirando a otro. El último zeñorito que queaba, con otra repetidora de 5 tiro, pa ehtrenarla que daba gloria verla, ze puzo mu bien puehto, con cara de ahora oh vaih a enterá y: pom, pom, pom, … pom, pom, y no le dio. Y ya queaba yo, Migué, con un retaco viejo que era de mi abuelo, que tenía la culata lia en alambre ozidao,  zin punto de mira y con el cañón daleao y hago: poooooommmmmmm, y tampoco le di.

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A Séneca le pitan los oídos y se remueve en su tumba

El golf y su puta madre

 

   Mi polito de Ralph Lauren.

   Mis gafas de sol.

   Mi viserita blanca a juego con los pantalones.

   Y mis zapatos de pinchos.

   Ala, a jugar al golf.

   Lo cierto fue que tuve una mala entrada con el caddie, pues mis RayBan me quedaban un poco grandotas y se me resbalaron al intentar aparcar el cochecito, con lo cual estuve apuntito de atropellarlo. Porque era joven y anduvo bien de reflejos …

   Eso lo predispuso ya en mi contra y yo, cuando alguien me mira mal, trabajo mal. No, no me salen bien las cosas bajo presión.

   Total, en la salida le pido un wedge. 

   -¿Un wedge?- dijo confirmando para sus adentros que no jugaba habitualmente.

   -Sí, un wedge, un pitch del 48.

   No me podía amilanar ahora. Si me mostraba vacilante sería la victoria del mosqueado caddie.

   El otro arqueó las cejas y me lo alargó con cara de pensar: “yo voy a cobrar igual y esto va a ser divertido”.

   Total, ahí que me pongo con el culo en pompa, levantando y recolocando los pies poquito a poco y listo para golpear. Nada de ensayar en el aire. Eso para los neófitos. Le iba yo a enseñar a este lo que valía un peine. 

   Una vez visualizada la parábola que quería para la bola, una vez ponderada la velocidad del viento y la pendiente en la que colocaría el golpe, me hice uno con el palo, mis brazos y el hierro eran una sola cosa, hombre y herramienta nos fundimos en un instrumento de precisión que colocarían la pelota en el milímetro exacto.

   Tensé mis músculos como el resorte de precisión de una maquinaria alemana y me interrumpe el colega con cara de sorna: “Oiga, tiene el palo al revés”.

   Con mi concentración por los suelos compuse mi mejor sonrisa de circunstancias y me excusé diciendo que era ambidextro, y que a veces colocaba a izquierdas las cosas utilizando la derecha.

   “Ahhhh”, dijo él, “pégale el moco a otro”. Eso no lo dijo, pero se leía en su media sonrisa.

   Con mi autoestima un poco lastimada me dispuse a golpear de nuevo. Tenía la fatídica sensación de que el tiro iba a salir mal. Y así fue.

   La bola cayó en la arena, como la lágrima de la canción. Pero no cayó en una de esas trampas que colocan para que los expertos se luzcan, ya cerca del green, sino en un arriate de geranios que había cincuenta metros a mi derecha, cerca de un cenador donde servían refrescos. En realidad la pelota ahora se encontraba más lejos del hoyo que al principio, pero yo no me arredré y me fui muy dispuesto para ella.

   Mientras nos acercábamos le pregunté al caddie si tenía un poco de Reflex, porque me había crujido la espalda en mi primer swing y me dolía, pero esta vez se ahorró el sarcasmo pues algunos de los que tomaban refrescos se estaban volviendo para tener algo divertido que contar al volver a casa y la vergüenza ajena se estaba apoderando de mi compañero.

   Con la mayor de las dignidades le pedí un hierro 4 y creo que el me dio lo que le pareció.

   No había muchas plantas donde estaba la pelota, así que sin que el pulso me temblara y limpiamente arranqué como medio metro del geranio más grande que había, que voló graciosamente hacia atrás hasta le mesa más cercana, cuyos usuarios no pudieron evitar soltar una carcajada.

   Mi caddie, deseando que se nos tragase la tierra, me preguntó, perdida un poco ya la compostura:

   -¿Usted ha jugado antes al golf?

   -¿Que si he jugado? Si hasta he escrito un libro.

   -¿Qué libro?

   -El golf y su puta madre

 

   ¿Y a qué viene esta historia hoy? Pues a que la junta de Andalucía nos ha regalado al estimado cuerpo de profesores con un programa de gestión académica y educativa, llamado Séneca. Creo que los huesos que queden del filósofo cordobés deben revolverse en su nicho con creciente furia, pues yo calculo, a grosso modo, que deben cagarse en sus muertos del orden de unas ( … y pico colegios por provincia con y pico profesores por colegio por ocho provincias es igual a …) trescientas veces al día en horario lectivo y unas seiscientas en el no lectivo, porque ahí está una de sus gracias, como los profesores disponemos todos de conexiones de altísima velocidad y mucho tiempo libre, pues aprovechamos y en vez de hacer pis -que es excesivamente mundano- allá que nos peleamos por el ordenador de la sala de profesores y, claro, todos en Andalucía tenemos la misma ocurrencia a la vez y los servidores de la junta no dan para tanto. 

   Con que después de la centésimo segunda mención escatológica a nuestro estoico autor (¡menos mal que escogió esta corriente filosófica!), uno decide emberrinchado llevarse el trabajo a casa.

   Y no es que no me guste trabajar, pero es que cada vez se me hace más palpable la sensación de que a más fracaso escolar le sigue más burocracia para el profesor, más papeleo y menos preparar clases, más control y más hacernos responsables del despropósito, sinrazón, que supone la LOGSE. Pero, ya lo dijo el clásico: “Sostenella y no enmendalla”, ¿que no quieres caldo? Dos tazas.

 

   Moraleja: yo creía que mientras más se conocía algo o a alguien, más se le amaba. Pero no. Escribiré pronto el libro sobre el séneca: “El séneca y su puta madre”

 

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La hermosa paralítica

Una mujer siempre es mujer

 

   Iba con el coche en una mañana mariposeando por la carretera, buscando un sitio en el que sestear después de comerme un bocadillo. Estaba contento y no tenía prisa. La vida era hermosa.

   Ya un poco perdidillo, me encuentro en el arcén a una muchacha en una silla de ruedas haciendo autostop. Y yo, que tengo un corazón bondadoso y un coche grandote, ni corto ni perezoso, la subí.

   Lo cierto era que era muy guapa y olía muy bien, y eso siempre predispone el ánimo a ser cordial.

   Ella debió pensar lo mismo, porque a los pocos minutos me sonreía cándidamente y me apretaba con su mano el brazo o la pierna según le sugiriese la conversación, que debía ser muy acalorada porque tenía las mejillas encendidas y se había desabrochado un par de botones de la camisa.

   Como la carretera era de montaña y no quiso ponerse el cinturón, se apoyaba en mi muslo en cada curva (y eso que no eran demasiado cerradas) y el escote iba mostrando más de lo que ocultaba. Yo no quería creerme que se me estaba insinuando, pero una curva más cerrada de la cuenta hizo que se agarrase inequívocamente, y yo, que no desprecio los regalos que la vida te hace, ni corto ni perezoso, igual que la subí, la bajé.

   Ella, ya en un descampado, me indicó desnudándose sin más preámbulos, que para mayor comodidad, le atase el brazo derecho y la pierna derecha a un árbol y que hiciera lo propio con los miembros (¿miembras?) izquierdos, de forma que como humana X, la columpiase en un acelerado vaivén, pero que para impulsarla no utilizase ni manos ni pies. Y yo, que soy muy obediente, ni corto ni perezoso, me las ingenié para darle mis buenos empujones.

   Muy satisfechos por el ejercicio erótico-bucólico me dispuse a llevarla a su casa, suponiendo ya que lo del autostop en la carretera tenía que ver poco con los viajes, por lo menos con la acepción más habitual de la palabra.

   No estaba lejos de allí. Nos recibió, para mi consternación y remordimiento, su padre, que no dejaba de agradecerme lo que había hecho por su hija, que eso de traerla a su casa sólo lo hacían las personas de buen corazón. Y yo, que nada, nada, que no era nada, cada vez más azorado. Y él insistía, que muchas gracias, de verdad, que no sabía cuánto le alegraba encontrarse personas íntegras como yo.

   Como ya no podía más con mi conciencia le solté que me había beneficiado a su hija de una manera vergonzosa.

   Y él me contestó, sin perder ni un ápice de su agradecida sonrisa, que ya lo suponía pero que yo por lo menos le había traído a su hija a casa, y que le había ahorrado, como casi todos los domingos, tener que recogerla y desatarla del árbol del descampado.

Y ahora, la moraleja.

   Muchas veces los remordimientos por no hacer las cosas como debo me han atenazado haciéndome sentir poco valioso y francamente prescindible para la humanidad, pero un amigo, mis hijos, mi esposa, que siempre saben ver el lado bueno de uno (¡que Dios les conserve la vista!), me sacan de la tristeza y me hacen sentir bien.

 

    El que tenga oídos que oiga y el que no, no sabe nada.